Aunque resulta muy cursi en su vertiente romántica y bastante morosa en su desarrollo, al menos la cinta profundiza con acierto en la historia de algunos personajes secundarios y ofrece más escenas de acción que sus antecesoras.
Apenas han transcurrido unos meses desde que viéramos “La saga Crepúsculo: Luna nueva” (cinta de la que, por cierto, no es que recuerde mucho), y ya se ha estrenado su secuela. Vilipendiadas por unos y alabadas por otros, al menos hay algo que no se le puede reprochar a estas exitosas películas basadas en las novelas de Stephenie Meyer: no engañan a nadie, de tal modo que cualquier espectador mínimamente informado ya sabe lo que se va a encontrar al entrar en una sala de cine. La historia de amor entre Bella y Edward prosigue, si bien Jacob no se da por vencido y espera que la muchacha cambie de opinión y al final termine quedándose con él.
Entretanto, una serie de crímenes alertan a los Cullen, descubriendo éstos que unos neófitos se aproximan al pueblo de Forks en busca de Bella. Vampiros y licántropos tendrán que dejar a un lado sus diferencias y unir sus fuerzas para combatir contra un enemigo común. Existen dos partes claramente diferenciadas dentro del largometraje: la romántica y la fantástica. Respecto a la primera, no llegó a interesarme en ningún momento, pues se resuelve con una empalagosa cursilería que sólo satisfará a un concreto sector de la audiencia. Estas escenas provocan una molesta morosidad en la narración y un obvio desequilibrio en su ritmo, algo que, por cierto, ya sucedía en las anteriores entregas de la saga (los orígenes literarios del guión también tienen que ver en el asunto). El desarrollo de los personajes principales deja bastante que desear, compensándose con los sólidos minutos que se les dedica a determinados secundarios. Es lo que acontece cuando observamos el pasado de Jasper y, sobre todo, el de Rosalie.
A pesar de su sencillez, desde luego me quedo con la vertiente fantástica de “La saga Crepúsculo: Eclipse”. La presencia de Victoria y la sombra de los Vulturis animan un poco la función, y ello a pesar de que uno tiene la sensación de que se ha desaprovechado este aspecto de la trama. Las escenas de acción se incrementan, resolviéndolas David Slade con una agradecida eficacia, sobre todo en el tramo final del filme. Los efectos especiales cumplen con su cometido, si bien a estas alturas llama la atención que, con la cantidad de dinero que ha generado esta licencia, sus responsables ajusten de tal forma su presupuesto que no quieran elevar las partidas destinadas a este apartado. Las interpretaciones de Kristen Stewart y Robert Pattinson siguen la línea marcada en “Crepúsculo” y “La saga Crepúsculo: Luna nueva”, de ahí que su rostro se muestre gélido durante casi todo el metraje. Taylor Lautner intenta otorgarle algo de pasión al asunto, pero, dado que el triángulo amoroso sobre el que gira el relato carece de sustancia, sus esfuerzos no es que sirvan de mucho.