Roland
Emmerich sigue intentando destruir el mundo. El
realizador más catastrofista de la historia
del cine reciente orquesta un exageradísimo
espectáculo que desequilibra sus méritos
en su recta final, incapaz de contenerse.
Los
mayas predijeron que nuestro mundo acabaría
en “2012”. Roland Emmerich también
lo cree, así que ha decidido prepararnos
para la que se nos viene encima. Y la verdad es
que la profecía le viene que ni pintado,
porque culmina el proyecto cinematográfico
al que ha consagrado su vida. Después de
enfrentarnos a los alienígenas, de soltar
al más famoso monstruo del género
en Los Ángeles, de congelar a la mitad del
globo y de comprobar cómo la Prehistoria
y las primeras civilizaciones podían convivir
en ilógica armonía, el exterminador
germano se embarca en la disaster movie -una de
verdad, no ésta- definitiva, estirando hasta
el paroxismo su ya de por sí exageradísima
tendencia al radicalismo visual, narrativo y veladamente
panfletario a su modo. Y con todo, es una de sus
propuestas más potables.
Es
curioso comprobar cómo tanto él mismo
como Harald Kloser, su inseparable colaborador en
libretos y bandas sonoras, consiguen durante buena
parte del metraje salvar los escollos que habitualmente
lastran sus trabajos hasta quedar lapidados en un
marasmo de sin sentidos que terminan rozando el
sonrojo y la vergüenza ajena. Y es que durante
más de hora y media Emmerich logra ofrecer
una divertidísima cinta de acción
y aventuras con un irresistible enfoque cómico
que ayuda a asimilar lo que observamos, que no es
sino una sucesión de caos, destrucción
y desvarío salvaje, en el que cientos, quizá
miles de personas mueren ante nuestros ojos de todas
las maneras posibles en la mayor muestra de sadismo
mainstream de la historia del séptimo arte.
Aún con todo, sumidos en esta oda al fin
de los tiempos a ritmo de Dolby atronador, la pareja
de guionistas firma un guión gamberro y abundante
en puyas hacia los más altos estratos del
poder socioeconómico, que abandona chorradas
mesiánicas y zanja en seco discursos presidenciales,
da la razón a los paranoicos irredimibles
y sitúa la salvación geográfica
en la China férrea y castrense, nuevo Edén
al que los protagonistas tratan de llegar a bordo
de un Antonov soviético. Toma ya. Y todo
a un ritmo trepidante, palomitero y decididamente
descacharrante y delicioso.
Pero, desgraciadamente, el tándem Emmerich/Kloser
no consigue reprimir sus impulsos megalómanos
y se traba en un tramo final -que no clímax,
porque toda la película es un clímax,
un epílogo planetario ciclópeo y desmesurado-
en el que da rienda suelta a sus cantos a la hermandad,
a la esperanza, al alegato con fanfarrias y a la
amistad de última hora, especialmente en
una secuencia estirada hasta lo insoportable en
la que el fallecimiento de unos pocos parece adquirir
mayor relevancia tan sólo por las premuras
de la agónica extinción que se acerca
de manera inexorable. Y es que la verdadera naturaleza
de “2012” no es otra que la de la revisitación,
corregida y aumentada, de aquel día en el
que Dennis Quaid emprendió una ruta al filo
de lo imposible en busca de su vástago, atrapado
en una biblioteca con el amor de su vida. Una Alianza
de Civilizaciones inocente, forzada e inversa, en
la que todos caben y pueden compartir sus mascotas,
en la que los matrimonios se reencuentran y olvidan
los motivos que les alejaron tiempo atrás.
Ni colores de piel ni acentos volverán a
separarnos a un minuto de los rótulos definitivos.
Es curioso que sea en esta rendición pseudo
religiosa acomodaticia y bondadosa donde más
flaquean los efectos digitales, las interpretaciones
del simpático elenco principal y la misma
puesta en escena. Porque, en el fondo, lo que queremos
ver es cómo se va al garete de una vez este
globo azul que tan mal tratamos. Para eso es una
película de ficción… de momento.