No
es el primero que lo intenta, y probablemente no
será el último. Pero Dwayne Johnson,
antes conocido como The Rock, es el más que
éxito ha conocido de todos los luchadores
de pressing catch americano -otra cosa muy diferente
es el caso de la lucha libre charra- que han abandonado
el cuadrilátero para saltar a la gran pantalla.
Desde que debutara en “El regreso de la momia”
(2001) no ha hecho sino ascender en popularidad
e ingresos alternando géneros con facilidad,
máxime desde la oportunidad que supuso para
él su participación en “Be cool”
(2005), cuyo papel llamó definitivamente
la atención de una industria que ahora le
agasaja con un nuevo rol protagonista en una producción
para toda la familia.
Jack Bruno (Johnson) es un taxista de Las Vegas
que un buen día recibe dos pasajeros muy
especiales, Seth (Alexander Ludwig) y Sara (Anna
Sophia Robb), extraterrestres que requieren de sus
servicios en una misión de importancia fundamental
para el futuro de su planeta. Con la ayuda de la
doctora Alex Friedman (Carla Gugino), tratará
de evitar que la joven pareja caiga en manos de
un misterioso militar (Ciarán Hinds) y de
un asesino del espacio exterior enviado a la Tierra
para acabar con ellos. “La Montaña
Embrujada”, revisitación/remake/continuación
de la saga iniciada bajo idéntico título
en 1975, adolece de un mal atípico en el
cine actual: un para nada absoluto pretencioso exceso
de elaboración. Bajo la dirección
de Andy Fickman, esta aventura de ciencia ficción
cabalga entre lo hiperbólico y lo puramente
teenager, convertida en una adrenalítica
historia plagada de persecuciones, tiroteos y acción
desenfrenada, filtrado todo ello por el blanco prisma
de un producto Disney en el que la violencia y las
muertes se solapan bajo una sólida capa de
humor inocente y limpio, al alcance de un pretendido
palco universal.
Abundan
los guiños a la platea conocedora del referente
previo -participan en papeles secundarios Ike Eisenmann
y Kim Richards, que siendo niños dieron vida
a los alienígenas Tony y Tia en el clásico-,
así como secuencias y situaciones hilarantes
destinadas al espectador incondicional del género
-las charlas de Gugino ante un montón de
fanáticos netamente frikis-, en un montante
dinámico y entretenido en su justa medida,
bastante equilibrado en sus resultados y encantadoramente
-e involuntariamente- repleto de fallos e incoherencias
varias que adornan el visionado con un aura añeja
sorprendentemente afín con la ultramoderna
y aceleradísima visión que el cineasta
pretende ofrecer de una historia que tampoco da
mucho más de sí. En definitiva, un
extraño cóctel entre una propuesta
de Jerry Bruckheimer y los planteamientos scifi
de los 70 y 80, que confirma que Dwayne Johnson
tiene el carisma suficiente como para sostener un
armatoste como este sin esforzarse demasiado. No
aburre, pero no aporta. Y a otra cosa. .
Fuente:
La Butaca