La
conjunción de drama y humor funciona bastante
bien, destilando una contenida emotividad en algunas
de sus escenas y abordando con eficacia una variedad
de temáticas. Mejoraría con un guión
más pulido.
Clint
Eastwood no deja de sorprendernos. Hace un par de
años estrenó de forma casi seguida
dos producciones de gran envergadura (“Banderas
de nuestros padres” y “Cartas desde
Iwo Jima”), obteniendo ambas unos decepcionantes
ingresos en la taquilla. Últimamente le ha
ido bastante mejor con “El intercambio”
(a fin de cuentas, ha rebasado los 100 millones
de dólares en todo el mundo), aunque con
lo que en verdad nos ha llamado la atención
es con una pequeña película titulada
“Gran Torino” que, quién nos
lo iba a decir, se ha convertido en la de mayor
éxito de toda su carrera. Puede que no esté
a la altura de “El jinete pálido”
o “Million dollar baby”, pero no hay
duda de que nos hallamos ante un trabajo al que,
si le hubiera dedicado más tiempo, resplandecería
dentro de su amplia filmografía.
El
protagonista de la historia es Walt Kowalski, un
mecánico que luchó en la Guerra de
Corea y cuya mujer acaba de fallecer. El hombre
no se lleva demasiado bien ni con sus hijos ni con
sus nietos, de ahí que decida seguir viviendo
solo en su casa (tan sólo le acompaña
su fiel perra). Desde luego, el barrio ha cambiado
con el paso de los años, siendo sus vecinos
unos asiáticos de los que tampoco desea saber
nada. Una noche, el joven Thao intenta robar la
posesión más preciada de Walt, un
Gran Torino de la década de los setenta;
la intención del muchacho es integrarse en
una banda, si bien es sorprendido por el anciano,
quien no duda en enfrentarse a los gamberros. Semejante
comportamiento es digno de admiración entre
los orientales, de ahí que poco a poco se
abra a su mundo y comience a interesarse por sus
problemas y costumbres.
La
película mezcla diversas temáticas,
desde la muerte de un ser querido hasta las consecuencias
del paso del tiempo, abordando también cuestiones
relacionadas con las relaciones familiares, la religión,
la enfermedad, la tolerancia, el racismo o la violencia.
A pesar de comprimirlas en menos de dos horas, cabe
reconocer que el guionista Nick Schenk sale bastante
airoso al referirse a buena parte de ellas. La conjunción
de drama y humor funciona estupendamente, siendo
de agradecer que algunas de sus escenas aporten
una contenida emotividad al relato. Lástima
que la media hora final no resulte tan equilibrada
como el metraje que le precede, algo que impide
que la cinta sea mejor de lo que ya es.
Aunque
su conclusión es coherente con la forma en
la que evoluciona este personaje, que a su edad
no sólo enseña, sino que también
tiene algunas cosas que aprender, hubiera preferido
que la historia se quedara en los pequeños
detalles, en esos fragmentos de carácter
intimista en los que Walt descubre cómo es
en realidad la gente a la que en un principio repudiaba.
La interpretación de Eastwood, repleta de
divertidos gruñidos, se puede calificar de
adecuada, mas no considero que sea brillante, como
tampoco lo son las del resto de los integrantes
del reparto (a excepción de la de John Carroll
Lynch, quien se pone en la piel del peluquero).
En cuanto a la puesta en escena, ésta resulta
asequible, limpia y eficaz, algo a lo que ya nos
tiene acostumbrados este veterano realizador.
Fuente:
La Butaca